viernes, 10 de marzo de 2017

El Guía Intérprete ¿Por qué y para qué?





“El arte del viaje induce a una ética lúdica,
una declaración de guerra a cuadricular y cronometrar la existencia.”
Michel Onfray


“El ser humano aprende en la medida en que participa
en el descubrimiento 
y la invención.”
Ernesto Sábato




Imagen 1: Estrella de la mañana, símbolo mariano, detalle de la cubierta de la capilla central, 
Convento de la Buena Muerte,  Barrios Altos, Lima, Perú



Cuando pregunto a mis alumnos qué los lleva a optar por ser Guías de Turismo, las respuestas son variadas pero casi todas se centran o culminan en la experiencia del viaje: quieren ser Guías porque aman viajar. Entonces los animo a cuestionarse sobre las propias experiencias, les sugiero pensar en qué hace de un viaje una vivencia placentera, única y feliz. Y las respuestas se tornan muy interesantes: “porque podemos conocer lugares”; “porque vivimos fantásticas aventuras” o “porque nos acercamos a nuevas costumbres y personas diferentes”. Por fin, reflexionamos juntos acerca de aquello que los viajes nos dan: generosa amplitud de mundo y de pensamiento, curiosidad y tolerancia ante lo diferente, asombro frente a lo desconocido, construcción de un mundo propio mejor y más firme, oportunidades y esperanza de sentir que empezamos de nuevo y un largo etcétera: porque viajar nos da la oportunidad de crecer y reformularnos, de ser distintos, de humanizarnos.   

Es cuando les hago saber que la carrera que han escogido estará llena de logros que requieren mucho trabajo y empeño, y deberá proyectarse a lograr que los visitantes no solo sean felices, que ya es bastante, sino que les darán, mediante sus interpretaciones, la oportunidad de asombrarse frente a lo desconocido, de ser generosos y tolerantes, de humanizarse. No es tarea fácil: se trata de un arduo empeño que durará toda la vida, de formación y adiestramiento, de lucha contra los lugares comunes, de responsabilidad afrontada, porque el Guía que no se hace cargo de sus deberes de intérprete se vuelve fatalmente prescindible. Por último, el viajero encontrará en el Guía intérprete a otro viajero y se creará el lazo de complicidad frente a la pasión por los viajes y la búsqueda irrenunciable y permanente de lo nuevo. Un vínculo que se fragua.

El antecedente directo del Guía Intérprete actual son los Cicerones del siglo XIX[1], época de cambios profundos y desbordantes en todas las áreas, que permitió el surgimiento de la idea del viaje vinculado al ocio y a la diversión (Méndez Rodríguez, 371). El espíritu romántico, fascinado por la búsqueda de mundos exóticos, terminó por redondear la idea del viaje por placer y por la necesidad de experimentar emociones nuevas e intensas. En este contexto y ante el aumento de viajeros ávidos de conocer los secretos de los monumentos visitados masivamente, nacen los cicerones. Según Méndez Rodríguez, irrumpen en una dinámica donde eran necesarios: “Se trató de la apropiación de los espacios que se visitan por los primeros oportunistas, que conscientes de una mínima posibilidad de negocio se lanzan a la aventura de explicarles a los visitantes lo que están viendo, tan sólo por unas monedas. Son personas del pueblo, por lo general sin formación, los que se convierten en los primeros guías, procedentes de un grupo extraordinariamente heterogéneo.” (373) Sin duda, una actividad floreciente ofrecía amplias posibilidades para obtener ganancias. Los monumentos necesitaban de una interpretación, o por lo menos, de una explicación y esa carencia se advirtió y se satisfizo ampliamente.

Sabemos que en el guión del Guía intérprete está la voz local, comprometida, tan apreciada por el viajero, pues introducirse en el discurso de una localidad, de una región, es introducirse en sus sentires manifiestos y latentes. No obstante, todo Guía interprete debe responsabilizarse del discurso de su guión, para ello es preciso que cuente con las herramientas adecuadas: consciencia crítica, solidez académica, espíritu argumentativo y prudente para no repetir especulaciones deformes, y evitar disonancias desafortunadas. Recomendamos leer el elocuente estudio sobre el discurso de los guías cusqueños de Chara Azurin, quien, tras un paciente seguimiento ha encontrado que éste privilegia lo prehispánico en las pinturas y esculturas catedralicias desde una perspectiva que llama indigenista y nacionalista, en evidente perjuicio de los contenidos virreinales y republicanos:

“Los guías turísticos desempeñan un importante rol en la difusión del patrimonio cultural peruano. Sin embargo, el análisis etnográfico y documental realizado, revela que los guías difunden un discurso sobre la resistencia y el patriotismo de Cusco que subraya positivamente las aportaciones de la cultura Inka e infravalora la etapa colonial y republicana.
En el trabajo se sostiene que esta visión nostálgica es adquirida en los centros de formación académica y es reforzada por determinados medios de difusión, que de modo repetitivo, reproducen el mismo modelo ideológico[2]. La investigación también muestra que esta visión romántica es atractiva para un sector de turistas que buscan una sociedad sin cambios, estática en el tiempo y que ha resistido al dominio español en una manifestación cultural y patrimonial.” (Chara Azurin, 173)

A pesar de la probable aceptación del visitante, parcial o total el guión debiera considerar que toda interpretación apropiada expresa la esencia de los objetos. Más aún, el autor señala que “Dentro de la Catedral se nos explicó sobre la escultura de la Virgen Inmaculada Concepción cuya interpretación corresponde a 3 dioses Inkas.” (Chara Azurin, 183) No obstante la impropiedad de la lectura iconográfica, queremos puntualizar la evidencia encontrada por el estudio: todos los guías repiten el mismo discurso que adquieren en los centros de formación. ¿Se forma Guías que terminan en la obsecuencia absoluta ante una lectura del pasado confusa y deliberadamente orientada, y que terminan siendo cómplices de un discurso que no les pertenece? Sí, al parecer, se está formando Guías con un guión unívoco y sesgado que no debiera permitirse: además de ser inadmisible que amputen una parte importante de la interpretación del objeto o monumento para presentarlo deliberada y falazmente desde una perspectiva contrahecha y forzada, encorsetada en las necesidades actuales de afirmación de un pasado que se privilegia frente a otro, tampoco se puede tolerar que se les aleccione o programe como a un ejército de grabadoras. Frente a ello, el Guía intérprete decide de manera personal y consciente, y consigue desentrañar el alma del patrimonio para exponerla a los visitantes, con afecto y respeto, por ambos. Desde luego, todo buen viajero quiere oír la voz local comprometida, pero la esencia de ese compromiso no se asocia a la confusión, bien intencionada o no, de un  pasado reconstruido, ni a un sentir nostálgico, sino a lo que el objeto nos dice y es. 


                             Imagen 2: Jirón Camaná, Lima, Perú.


[1] Los cicerones fueron llamados así por su gran elocuencia, digna de compararse con la del orador romano Marco Tulio Cicerón (106 a. C.- 43 a. C.).
[2] Subrayados nuestros. 

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