“El arte del viaje induce a una ética lúdica,
una declaración de guerra a cuadricular y
cronometrar la existencia.”
Michel
Onfray
“El ser humano aprende en la medida en que
participa
en el descubrimiento
y la invención.”
Ernesto
Sábato
Imagen 1: Estrella de la mañana, símbolo mariano, detalle de la cubierta de la capilla central,
Convento de la Buena Muerte, Barrios Altos, Lima, Perú
Cuando pregunto a mis alumnos
qué los lleva a optar por ser Guías de Turismo, las respuestas son variadas
pero casi todas se centran o culminan en la experiencia del viaje: quieren ser
Guías porque aman viajar. Entonces los animo a cuestionarse sobre las propias experiencias,
les sugiero pensar en qué hace de un viaje una vivencia placentera, única y
feliz. Y las respuestas se tornan muy interesantes: “porque podemos conocer
lugares”; “porque vivimos fantásticas aventuras” o “porque nos acercamos a
nuevas costumbres y personas diferentes”. Por fin, reflexionamos juntos acerca
de aquello que los viajes nos dan: generosa amplitud de mundo y de pensamiento,
curiosidad y tolerancia ante lo diferente, asombro frente a lo desconocido, construcción
de un mundo propio mejor y más firme, oportunidades y esperanza de sentir que
empezamos de nuevo y un largo etcétera: porque viajar nos da la oportunidad de crecer
y reformularnos, de ser distintos, de humanizarnos.
Es cuando les hago saber que la
carrera que han escogido estará llena de logros que requieren mucho trabajo y
empeño, y deberá proyectarse a lograr que los visitantes no solo sean felices, —que ya es bastante,— sino que les darán, mediante
sus interpretaciones, la oportunidad de asombrarse frente a lo desconocido, de ser
generosos y tolerantes, de humanizarse. No es tarea fácil: se trata de un arduo
empeño que durará toda la vida, de formación y adiestramiento, de lucha contra
los lugares comunes, de responsabilidad afrontada, porque el Guía que no se
hace cargo de sus deberes de intérprete se vuelve fatalmente prescindible. Por
último, el viajero encontrará en el Guía intérprete a otro viajero y se creará
el lazo de complicidad frente a la pasión por los viajes y la búsqueda
irrenunciable y permanente de lo nuevo. Un vínculo que se fragua.
El antecedente directo del Guía
Intérprete actual son los Cicerones del siglo XIX[1],
época de cambios profundos y desbordantes en todas las áreas, que permitió el
surgimiento de la idea del viaje vinculado al ocio y a la diversión (Méndez
Rodríguez, 371). El espíritu romántico, fascinado por la búsqueda de mundos exóticos,
terminó por redondear la idea del viaje por placer y por la necesidad de
experimentar emociones nuevas e intensas. En este contexto y ante el aumento de
viajeros ávidos de conocer los secretos de los monumentos visitados
masivamente, nacen los cicerones. Según Méndez Rodríguez, irrumpen en una
dinámica donde eran necesarios: “Se
trató de la apropiación de los espacios que se visitan por los primeros
oportunistas, que conscientes de una mínima posibilidad de negocio se lanzan a
la aventura de explicarles a los visitantes lo que están viendo, tan sólo por
unas monedas. Son personas del pueblo, por lo general sin formación, los que se
convierten en los primeros guías, procedentes de un grupo extraordinariamente
heterogéneo.” (373) Sin duda, una actividad floreciente ofrecía amplias
posibilidades para obtener ganancias. Los monumentos necesitaban de una
interpretación, o por lo menos, de una explicación y esa carencia se advirtió y
se satisfizo ampliamente.
Sabemos que en el guión del Guía
intérprete está la voz local, comprometida, tan apreciada por el viajero, pues introducirse
en el discurso de una localidad, de una región, es introducirse en sus sentires
manifiestos y latentes. No obstante, todo Guía interprete debe responsabilizarse
del discurso de su guión, para ello es preciso que cuente con las herramientas adecuadas:
consciencia crítica, solidez académica, espíritu argumentativo y prudente para
no repetir especulaciones deformes, y evitar disonancias desafortunadas.
Recomendamos leer el elocuente estudio sobre el discurso de los guías cusqueños
de Chara Azurin, quien, tras un paciente seguimiento ha encontrado que éste
privilegia lo prehispánico en las pinturas y esculturas catedralicias —desde una perspectiva que llama indigenista y nacionalista,— en evidente perjuicio de los contenidos virreinales y republicanos:
“Los guías turísticos desempeñan un importante
rol en la difusión del patrimonio cultural peruano. Sin embargo, el análisis
etnográfico y documental realizado, revela
que los guías difunden un discurso sobre la resistencia y el patriotismo de
Cusco que subraya positivamente las aportaciones de la cultura Inka e
infravalora la etapa colonial y republicana.
En el trabajo se sostiene que esta visión nostálgica es adquirida en los
centros de formación académica y es reforzada por determinados medios de
difusión, que de modo repetitivo, reproducen el mismo modelo ideológico[2].
La investigación también muestra que esta visión romántica es atractiva para un
sector de turistas que buscan una sociedad sin cambios, estática en el tiempo y
que ha resistido al dominio español en una manifestación cultural y
patrimonial.” (Chara Azurin, 173)
A pesar de la probable aceptación
del visitante, —parcial o total— el guión debiera considerar que toda interpretación apropiada expresa
la esencia de los objetos. Más aún, el autor señala que “Dentro de la Catedral
se nos explicó sobre la escultura de la Virgen Inmaculada Concepción cuya
interpretación corresponde a 3 dioses Inkas.” (Chara Azurin, 183) No obstante
la impropiedad de la lectura iconográfica, queremos puntualizar la evidencia
encontrada por el estudio: todos los
guías repiten el mismo discurso que adquieren en los centros de formación. ¿Se
forma Guías que terminan en la obsecuencia absoluta ante una lectura del pasado
confusa y deliberadamente orientada, y que terminan siendo cómplices de un
discurso que no les pertenece? Sí, al parecer, se está formando Guías con un
guión unívoco y sesgado que no debiera permitirse: además de ser inadmisible
que amputen una parte importante de la interpretación del objeto o monumento para
presentarlo deliberada y falazmente desde una perspectiva contrahecha y
forzada, encorsetada en las necesidades actuales de afirmación de un pasado que
se privilegia frente a otro, tampoco se puede tolerar que se les aleccione o
programe como a un ejército de grabadoras. Frente a ello, el Guía intérprete
decide de manera personal y consciente, y consigue desentrañar el alma del
patrimonio para exponerla a los visitantes, con afecto y respeto, por ambos. Desde
luego, todo buen viajero quiere oír la voz local comprometida, pero la esencia
de ese compromiso no se asocia a la confusión, bien intencionada o no, de
un pasado reconstruido, ni a un sentir nostálgico,
sino a lo que el objeto nos dice y es.
Imagen 2: Jirón Camaná, Lima, Perú.


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