lunes, 15 de mayo de 2017

Guías Oficiales de Turismo: problemas y posibilidades. Una aclaración necesaria

  

Fig 1. Acuario o Enero. Antonio Bisetti (at).
 Serie de los doce meses o Serie del zodíaco (1858-59) 
Alameda de los Descalzos, Rímac, Lima, Perú.




Nunca debemos subestimar lo que una palabra puede decirnos
                                                               H.G. Gadamer



Uno de los fines que perseguimos en este espacio es abrir la discusión sobre la labor del Guía de turismo, sus perspectivas, objetivos, y las estrategias más convenientes para lograrlos. También pretendemos que los Guías de turismo reconozcan la necesidad de ser auténticos intérpretes. Para llegar a esa meta pensamos imprescindible advertir los errores más comunes de los profesionales del guiado patrimonial para, tras su aclaración y reconocimiento, avizorar un horizonte promisorio de superación. Por ello, las siguientes consideraciones puntualizan algunas costumbres comunes y equivocadas en la praxis de los Guías de turismo, porque entendemos que su recurrencia ha llegado a instituir una suerte de estereotipo funesto y porque, así mismo, advertimos que esas praxis contienen potencialmente la solución o el camino para lograrla, contiene espacios de los que pueden nacer nuevas perspectivas y oportunidades.

La forma de guiado, y al mismo tiempo error más común, es el del Guía memorista, que con una disciplina escolar decimonónica memoriza todo lo que compone su guión, y lo dice, sea por inseguridad sea por dejadez, como un guión cantado. Esta opción es tan recurrente que ha llegado a forjar un estereotipo, que cruza tiempos y geografías, absolutamente deforme y caricaturesco del oficio. Con él, el público siente que su guía tiene un discurso previamente definido, que repite sin convicción ni motivación. Es inaceptable. Cerca de este modelo, el Guía catedrático que se prepara para hacer en cada recorrido una especie de “cátedra”. No memoriza el guión pero lo construye a medida que desarrolla su recorrido bajo el imperativo de “enseñar” a su público; es decir, se nutre debidamente, pero para demostrarlo necesita verterla completa en cada recorrido. Si bien es cierto se estima que el guía debiera ser erudito, en el mejor sentido del término, no se debe olvidar algo fundamental: el Guía debe de interpretar el patrimonio, es decir, debe escoger entre opciones múltiples el discurso o guión adecuado para cada público. En ambos casos, la dificultad principal es la comunicación o la conexión empática con el oyente.


















Fig 2. Simón Bolívar. Óleo sobre tela. 
José Gil de Castro.  1823 c
 MALI, Lima, Perú. 





        Ciertamente, en nuestro medio se privilegia el guión frente a la capacidad comunicativa, ello es deducible de la decisión tomada por varios museos limeños de tener como guías a jóvenes estudiantes de historia, historia del arte o disciplinas afines[1]. Por lo tanto, no es extraño que se forjen praxis que puntualicen de manera deforme y unívoca el guión. De hecho, estos modelos de Guías el memorista y el catedrático están a la mitad del camino necesario para tener un desempeño óptimo, pues tienen definida la estructura del guión. Cuando se privilegia el discurso, hay un respeto muy rescatable por los contenidos y la investigación prolija, detallada y escrupulosa del patrimonio, una práctica que siempre será indiscutiblemente saludable y necesaria, que se debe complementar con criterio y sentido comunicativo. Hay en ellos un problema y una pronta solución.
De otro lado, también incurren en un evidente error los Guías que pretenden entretener a los viajeros, pues están seguros de que éstos vienen al Perú solo a divertirse, y al mismo tiempo creen que los contenidos patrimoniales son aburridos. Como consecuencia desdeñan la interpretación que proporciona la historia, la arqueología, la antropología, la historia del arte. Seleccionan los contenidos patrimoniales desde la absurda dicotomía aburrido-divertido, operando y decidiendo, incorporando y desechando desde la subjetividad y la experiencia personal la información patrimonial, sin reconocer que el viajero que visita el Perú guarda expectativas relacionadas con los conocimientos que desdeñan. El contenido patrimonial no es aburrido; desde luego, sí lo puede ser el modo de comunicarlo. Muy cerca de este modelo hay un pequeño porcentaje de Guías histriónicos, que por atraer al receptor termina usando recursos que causan demasiado impacto: hacen énfasis vocales desmesurados, tocan los objetos, hacen sonidos, dan golpes. El Guía histriónico intuye que debe de atraer la atención pero no sabe cómo y recurre a métodos pueriles que terminan quitando seriedad a su trabajo, conspirando contra sí mismo.

La gran virtud de ambos modelos está en su interés por el receptor, encaminado de modo inadecuado, pues van en busca de los fines sin atender a los medios que permiten lograrlos deducen la importancia y el carácter esencial de la comunicación. Les falta reconocer que un buen guión es la herramienta primordial de un Guía Intérprete, con él y la potencia comunicativa logrará una interpretación óptima. Estos modelos deberán centrarse, como consecuencia, en producir un buen guión. Por supuesto, no es fácil. Fácil y cómodo es pensar que presentar un estilo artístico resultará tedioso y aburrido, poco significativo. Lo importante es asumir el reto de hacerlo de modo cautivante para que el oyente encuentre razones para interesarse y luego conmoverse.
En estas cuatro tendencias y sus fluctuaciones se resume la mayoría de problemas de las praxis de los Guías de turismo[2], y en todas está el atisbo de un crecimiento y una pertinente superación, buscarla día a día debiera ser el norte de todo buen Guía. Desde las palabras propias del complejo mundo de la interpretación del patrimonio hasta la sumersión en los procesos comunicativos propios de un buen guiado, pensamos que podemos volver recurrentemente a los frágiles límites de la praxis del oficio, frágiles no por inestables ni contingentes, sino por su naturaleza permeable y moldeable, o por nuestro legítimo derecho a cuestionarlos. Guías, volver a esos límites, frecuentarlos, confrontarlos y renovarlos: ésa es la difícil tarea que los sigue esperando.



[1] Hemos visto horrorizados alguna vez a estos jóvenes inexpertos enojarse al no ser escuchados con atención por los niños, y levantar la voz, entre otros errores fatales.
[2] No consideramos como problema, porque evidentemente no lo es, la decisión de algunos Guías de diseñar y desarrollar recorridos pobres, carentes de una investigación sólida, o con algunas ya superadas, creyendo que con ello es suficiente porque finalmente el turista —sobre todo el extranjero,— desconoce absolutamente lo que viene a ver. Frente a ello solo sugerimos que el oficio obliga, la ética obliga a ser un correcto intérprete. Si no se quiere producir un guión sólido, es mejor decidirse por otra ocupación que no dependa de la lectura y la cuidadosa investigación.