Fig 1. Acuario o Enero. Antonio Bisetti (at).
Serie de los doce meses o Serie del zodíaco (1858-59)
Alameda de los Descalzos, Rímac, Lima, Perú.
Nunca debemos subestimar lo que una palabra puede decirnos
H.G. Gadamer
Uno de los fines que perseguimos
en este espacio es abrir la discusión sobre la labor
del Guía de turismo, sus perspectivas, objetivos, y las estrategias más
convenientes para lograrlos. También pretendemos que los Guías de turismo reconozcan
la necesidad de ser auténticos intérpretes. Para llegar a esa meta pensamos
imprescindible advertir los errores más comunes de los profesionales del guiado
patrimonial para, tras su aclaración y reconocimiento, avizorar un horizonte
promisorio de superación. Por ello, las siguientes consideraciones puntualizan
algunas costumbres comunes y equivocadas en la praxis de los Guías de turismo, porque
entendemos que su recurrencia ha llegado a instituir una suerte de estereotipo
funesto y porque, así mismo, advertimos que esas praxis contienen potencialmente
la solución o el camino para lograrla, contiene espacios de los que pueden nacer
nuevas perspectivas y oportunidades.
La forma de guiado, y al mismo
tiempo error más común, es el del Guía
memorista, que con una disciplina escolar decimonónica memoriza todo lo que
compone su guión, y lo dice, sea por inseguridad sea por dejadez, como un guión cantado. Esta opción es tan recurrente que ha llegado a forjar un estereotipo,
—que cruza tiempos y geografías,— absolutamente deforme y caricaturesco del oficio. Con él, el público
siente que su guía tiene un discurso previamente definido, que repite sin convicción
ni motivación. Es inaceptable. Cerca de este modelo, el Guía catedrático que se prepara para hacer en cada recorrido una
especie de “cátedra”. No memoriza el guión pero lo construye a medida que
desarrolla su recorrido bajo el imperativo de “enseñar” a su público; es decir,
se nutre debidamente, pero para demostrarlo necesita verterla completa en cada
recorrido. Si bien es cierto se estima que el guía debiera ser erudito, —en el mejor sentido del término,— no se
debe olvidar algo fundamental: el Guía debe de interpretar el patrimonio, es
decir, debe escoger entre opciones múltiples el discurso o guión adecuado para
cada público. En ambos casos, la
dificultad principal es la comunicación o la conexión empática con el oyente.
Fig 2. Simón Bolívar. Óleo sobre tela.
José Gil de Castro. 1823 c.
MALI, Lima, Perú.
Ciertamente, en nuestro medio se privilegia el guión frente a la capacidad comunicativa, ello es deducible de la decisión tomada por varios museos limeños de tener como guías a jóvenes estudiantes de historia, historia del arte o disciplinas afines[1]. Por lo tanto, no es extraño que se forjen praxis que puntualicen de manera deforme y unívoca el guión. De hecho, estos modelos de Guías —el memorista y el catedrático— están a la mitad del camino necesario para tener un desempeño óptimo, pues tienen definida la estructura del guión. Cuando se privilegia el discurso, hay un respeto muy rescatable por los contenidos y la investigación prolija, detallada y escrupulosa del patrimonio, una práctica que siempre será indiscutiblemente saludable y necesaria, que se debe complementar con criterio y sentido comunicativo. Hay en ellos un problema y una pronta solución.
De otro lado, también
incurren en un evidente error los Guías que pretenden entretener a los viajeros, pues están seguros de que éstos vienen
al Perú solo a divertirse, y al mismo tiempo creen que los
contenidos patrimoniales son aburridos.
Como consecuencia desdeñan la interpretación que proporciona la historia, la arqueología,
la antropología, la historia del arte. Seleccionan los contenidos patrimoniales
desde la absurda dicotomía aburrido-divertido,
operando y decidiendo, incorporando y desechando desde la subjetividad y la
experiencia personal la información patrimonial, sin reconocer que el viajero
que visita el Perú guarda expectativas relacionadas con los conocimientos que
desdeñan. El contenido patrimonial no es aburrido; desde luego, sí lo puede ser
el modo de comunicarlo. Muy cerca de este modelo hay un pequeño porcentaje de Guías histriónicos, que por atraer al receptor
termina usando recursos que causan demasiado impacto: hacen énfasis vocales desmesurados,
tocan los objetos, hacen sonidos, dan golpes. El Guía histriónico intuye que
debe de atraer la atención pero no sabe cómo y recurre a métodos pueriles que
terminan quitando seriedad a su trabajo, conspirando contra sí mismo.
La gran virtud de ambos modelos está
en su interés por el receptor, —encaminado de modo inadecuado, pues
van en busca de los fines sin atender a los medios que permiten lograrlos— deducen la importancia y el carácter esencial de la comunicación. Les
falta reconocer que un buen guión es la herramienta primordial de un Guía
Intérprete, con él y la potencia comunicativa logrará una interpretación óptima.
Estos modelos deberán centrarse, como consecuencia, en producir un buen guión. Por
supuesto, no es fácil. Fácil y cómodo es pensar que presentar un estilo
artístico resultará tedioso y aburrido, poco significativo. Lo importante es
asumir el reto de hacerlo de modo cautivante para que el oyente encuentre
razones para interesarse y luego conmoverse.
En estas cuatro tendencias y sus
fluctuaciones se resume la mayoría de problemas de las praxis de los Guías de
turismo[2],
y en todas está el atisbo de un crecimiento y una pertinente superación,
buscarla día a día debiera ser el norte de todo buen Guía. Desde las palabras
propias del complejo mundo de la interpretación del patrimonio hasta la
sumersión en los procesos comunicativos propios de un buen guiado, pensamos que
podemos volver recurrentemente a los frágiles límites de la praxis del oficio,
frágiles no por inestables ni contingentes, sino por su naturaleza permeable y moldeable,
o por nuestro legítimo derecho a cuestionarlos. Guías, volver a esos límites,
frecuentarlos, confrontarlos y renovarlos: ésa es la difícil tarea que los
sigue esperando.
[1]
Hemos visto horrorizados alguna vez a estos jóvenes inexpertos enojarse al no
ser escuchados con atención por los niños, y levantar la voz, entre otros
errores fatales.
[2]
No consideramos como problema, porque evidentemente no lo es, la decisión de
algunos Guías de diseñar y desarrollar recorridos
pobres, carentes de una investigación sólida, o con algunas ya superadas,
creyendo que con ello es suficiente porque finalmente el turista —sobre todo el
extranjero,— desconoce absolutamente lo que viene a ver. Frente a ello solo sugerimos
que el oficio obliga, la ética obliga a ser un correcto intérprete. Si no se
quiere producir un guión sólido, es mejor decidirse por otra ocupación que no
dependa de la lectura y la cuidadosa investigación.